


Este proyecto parte de un espacio muy reducido: un bajo en esquina, hasta entonces sin uso, situado en la confluencia de las calles Pastoriza y Orzán. Precisamente por su escala y ubicación, el reto consistió en dotar al local de identidad y luminosidad a través de una intervención que, sin imponerse, potenciase la esencia del lugar.
El resultado es un local en el que la intervención arquitectónica parece casi desaparecer, dejando que la luz y la materialidad hablen por sí mismas.

La fachada desempeña aquí un papel esencial. Las carpinterías, realizadas en madera maciza de iroko, permiten aprovechar al máximo la entrada de luz natural y abrir el interior hacia la calle, generando una relación directa con la vida urbana del entorno.

En el interior, la propuesta buscó transmitir una sensación de continuidad y sobriedad, con revestimientos continuos en suelos y paredes, y un juego de contrastes apoyado únicamente en la textura de los materiales. Se decidió tratar cada elemento en su estado más puro, sin tintes ni barnices, para subrayar la honestidad constructiva y la nobleza de los acabados.





Una gran barra de hormigón organiza el espacio y se convierte en la pieza central, mientras que el mobiliario en acero inoxidable aporta ligereza y resistencia. Los pilares metálicos tratados con vermiculita, el suelo continuo de mortero y la calidez de la madera de iroko completan una atmósfera que, a pesar de la reducida superficie, se percibe abierta, luminosa y contundente.




